13 de enero de 2009

El Pecado de Onan y la Gestión Cultural

Según la antigua ley de los Judíos, el hermano del difunto que no ha dejado descendencia, debía tomar a la viuda y embarazarla. Onán no rechazó el mandato divino, solo que en el momento culminar, interrumpía el contacto carnal para no inseminar a su cuñada. Este fue el pecado que le costara la vida a Onán, devenido ahora en patrono de los autosuficientes.
Convengamos que, a lo que nosotros llamamos onanismo, tiene muy poco que ver con la historia de Onan. Digamos que el delito estaba en desobedecer, quebrantar la ley de Dios, y no en el hecho de masturbarse o eyacular afuera.
Por lo menos Onan tenía acceso carnal sin fines de procreación. A lo que hoy llamamos con su nombre, es a un acto solitario que, no busca la procreación, solo el placer a través de la autoestimalación, la sugestión y la imaginación.

Algunos intuirán a donde me dirijo con este proemio, si lo que quiero es hablar de gestión cultural, aunque se puede aplicar a infinidad de proyectos, anhelos y expectativas.
Evidentemente lo único que nos limita para alcanzar el triunfo son nuestras propias mediocridades. El no saber, o peor aún, subestimar el poder que hay en cada ser humano para alcanzar sus metas. Por eso soñamos, fantaseamos y coqueteamos con la idea del "logro" pero recibimos tanto placer en la imaginación que nos contentamos, nos relajamos y perdemos la concepción de la realidad, el divorcio entre los sueños y la vida latente.
La verdad es que los "sueños" son la energía y hasta la materia prima con que se materializan los proyectos. Algo así como la autosugestión, una sana obsesión de alcanzar un logro.
Pero somos débiles, y en esta dimensión, muchas veces los virtual es interpretado como real; Como un simulador de vuelos; si hacés mal las cosas te estrellas pero, de "mentirita".
Y por eso es tan importante tener la actitud, la constancia, el mapa, los planos del proyecto, siempre presentes. Porque si no, caeremos inevitablemente en el pecado de Onan, y como él, moriremos por quebrantar la ley de nuestros promisorios destinos, con una sonrisa orgásmica pero, sin descendencia.